Santiago recorre el Norte de España

El Apóstol Santiago desembarcó en el puerto de Santa Lucía, en Cartagena para enseñar y extender el reino de Cristo, y guiándose por Granada, pueblos de Jaén y de Córdoba; por Mérida y Extremadura, y los de Portugal desde Santarém, Coimbra y Oporto hasta Braga.

También lo hizo por las rías de Galicia; tierras de la Coruña y Lugo, como por las del Bierzo de Cacabelos, Quintana de Fuseros, Almagarinos, Magaz de Cepeda,  hasta Astorga, y desde allí hasta Zaragoza por la Bañeza, Benavente; por romanizadas poblaciones de Castilla, como Clunia de Burgos, Garray (la Numancia soriana), y Aragón, siguiendo carreteras romanas de aquel entonces, por la pacificada vía Nova y la Cantábrica, más cercana al Duero, evitando la secuelas aún no del todo restañadas de las guerras astures y cántabras, hasta Zaragoza.

A orillas del Ebro lo conmemora un pilar de alabastro sobre el que se le apareció la Virgen María.

Era el año 41. Desde allí, continuando por las carreteras romanas, por Huesca, Lérida y Tarragona, y pueblos del Levante, Castellón, Alicante y Valencia, desde Cartagena regresó a Jerusalén, solicitada su presencia por la madre de Jesús, para concelebrar con todos los Apóstoles la Resurrección de Cristo y la nueva vida cristiana antes de su Asunción al cielo.

Imagen de Santiago Apóstol, patrocinio de Quintana de Fuseros y Boeza, procedente de la ermita de la Campa del Patrón, en el monte de los Mozones.

Desde Santiago de Compostela a Zaragoza, por la vía antigua y cantábrica romanas | Camino recorrido por Santiago, camino Alfa

Año 43

Después de fallecida la Virgen María y haber ascendido en cuerpo y alma al cielo, Santiago  percibió el menester de extender sus pláticas por Jerusalén, que duraron dos años. Ello suscitó las animosas iras de Agripa I, quien ordenó cercenar su cuerpo cortándole la cabeza.

Sus discípulos Atanasio y Teodoro cumplieron sus ultimas voluntades trayendo su cuerpo a España, y, llegados a las costas gallegas, tras recorrer por las aguas de la ría Gallega de Arosa y su río Ulla hasta Padrón, Tria o Iria Flavia romanas, transitaron hacia el interior trece millas (22 km) hasta Asseconia, Santiago de Compostela, donde en un castro prerromano le dieron sepultura.

Pasaron los tiempos de la romanización. La tribu gaélica de los suevos extendía el reino cristianizado de Requiario desde Braga y Galicia hasta Zaragoza, reino que, entrometido en territorio de la tribu de los godos, ocupantes del territorio desde el Elba hasta el Ebro, fue aniquilado por Teuderico II en el año 457, quedando sus ciudades asoladas o desaparecidas, como tenemos la constancia de Asturica (Astorga) e Interamnium Flavium (Quintana de Fuseros) tras la batalla de campo de Godos. Así pasó con muchas ciudades de la Galicia románica y entre ellas la de Asseconia (latín, asse – coniuncta: totalmente unidos, unidades unidas, fuertes, seguras, ases, todos ases), hoy Santiago de Compostela.

La noción del lugar de la tumba del Apóstol se había diluido desvaneciéndose con el tiempo.

El insomnio vivido durante las invasiones bárbaras y el arrianismo, que veía al Hijo de Dios subordinado del Padre; el acoso y caza de cristianos acometida por árabes y bereberes prohibiendo oficios y campanas, quemando iglesias, equiparable a las persecuciones del imperio romano contra los primeros cristianos, hizo resurgir las ermitas y monasterios en lugares recónditos y montañas.

La rebelión se encarnó en Pelayo y el himno de la lucha y el triunfo lo orquestó Beato de Liébana. ” O Dei Verbum”.

“… tres por cuatro piedras preciosas… dos por seis apóstoles:

… Pedro en Roma, su hermano en Acaya / Tomás en la India, Leví en Macedonia, / Santiago en Jerusalén y Zelotes en Egipto, / Bartolomé en Licaonia, Judas en Edessa, / Matías en Judea y Felipe en la Galia; // Después los grandes hijos del Trueno / resplandecen, habiendo alcanzado, a ruegos de su ínclita madre, / ambos con todo derecho los honores supremos, / gobernando solo Juan en Asia, a la derecha, /  y su hermano habiendo conquistado España. /…”

El Adalid. Año 813

Había nacido el mito del líder y paladín de las victorias del cristianismo, y con ello el recuerdo de su sepulcro que apareció en el año 813, naciendo la tradición jacobea, siempre confirmada por la fe de los peregrinos y el Consejo de Obispos de Roma, tradición que ni los oportunismos y mercaderes intereses, ni la historia y arqueología han sido capaces de destruir.

Alertado el rey Alfonso II del hallazgo en aquellos días, se dio prisa en acudir a la tumba, lugar donde urgió construir el primer templo, donde está la catedral actual, en honor al Apóstol Santiago, Santuario bajo cuyo camarín está el sepulcro de Santiago y los de sus dos discípulos, Atanasio y Teodoro.

 Epílogo

Don Pelayo: (~ 737), godo, hijo del noble y duque Favila. Fue también duque y jefe de la guardia de Don Rodrigo, y, tras la toma de la ciudad regia de Toledo se refugió en Asturias, donde se organizó política y localmente contra el abuso y expansión de los musulmanes.
Inició la Reconquista y fundó el Regnum Asturorum. Fue el primer monarca de Asturias.

Beato de Liébana: Monje del monasterio de Santo Toribio de Liébana, picos de Europa, Cantabria (701 – 798). Fue quien compuso el himno ‘O Dei Verbum’, dedicado al rey Mauregato ℜ(783-789), hijo natural de Alfonso I y la musulmana Sisalda, que con el apoyo de los nobles usurpó el reino a su sobrino Alfonso II, y su alianza con el emir de Córdoba supuso el pacto del tributo de las cien doncellas cristianas. Un hecho importante de su reinado fue la alianza con Carlomagno y Beato en la lucha contra el herético adopcionismo defendido por Elipando, obispo de Toledo.